fotos de dos años atrás con cejas innecesariamente depiladas, el recuerdo de la angustia monopolizada por el chico de inglés que no me daba bola, la negación flexible a ir a boliches (horror), aprender a odiar tu nariz en cuarenta y siete simples pasos, aprender a llorar en público en dos simples pasos (1. estar en público, 2. llorar), las dos cosas más adolescentes que hiciste en tu vida, la indignación de que te insulten por la calle – si fuera un conocido al menos, vaya (insulte) y pase –, un look que cuaja perfectamente en una moda pero no, la incomprensible necesidad de levantar a tu hermana a la una de la madrugada para contarle lo que te acaban de decir por chat, muy buenas charlas con una amiga que no ves casi nunca, ser fanática de los nicks de alguien, el no poder decir “yo me acuerdo de ustedes todos los días”, una corrida de dos cuadras impulsada por mensajes que dicen “soy la peor persona del mundo” y “dale que pasás gratis”, el rescate a un amigo con un pedo canónicamente bajón, un verano malgastado pero con muy buenos porros (el malgaste emocional, no neuronal), tres supuestas amistades reducidas a un saludo mala onda en la puerta del bar, una reverencia al llegar, un tema de los smiths cantado desde las profundidades de un sillón, pasar por el lugar en donde vas a estar dentro de cuatro horas, los mejores amigos del mundo (punto), la tirada del i-ching cada dos semanas, hoy soy más o menos linda, una ducha antes de ir a la psicóloga, la primera sesión en meses (o en mi vida, creo) que no nombro a ningún chico que me gustó, la bizarra neurosis familiar, el imán de jesús que es igual a mi primo, facebook me recuerda que hace un tiempo que no hablo con cierta gente, ya no me da tanto miedo saludar a los vecinos.
La primer lluvia de otoño.
Hace 5 horas
